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Mi vida (más relatos)
Desde los inicios de mi pubertad me había sentido fuertemente atraído por
el sexo. En aquel entonces las cosas se aprendían a través de los amigos
de la pandilla. En aquellas situaciones de dos a lo sumo tres amigos el más
atrevido le enseñaba a los otros sus progresos en el tema sexual. Se
manoseaba y mostraba su inflamada verga. La visión de aquello me producía
una extraña excitación, incluso más si llegaba a tocarla; sólo era
cuestión de comprobar la textura y dureza de aquello, simple curiosidad,
sin mayor expectativa, pero excitante.
Desde la primera eyaculación, apenas un poco de líquido seminal, convertí
la masturbación en una rutina, con lo que no tardé mucho en experimentar
con mi ano. Primero con lo que tenía más a mano, los propios dedos. Como
no me satisfacía mucho, pues la uñas siempre acababan haciéndome daño,
busqué elementos que me ayudasen en mis fantasías. Probé toda clase de
mangos y cosas con forma cilíndrica y redondeada. Con aquellos juguetes
metidos dentro de mí, el placer de los orgasmos se multiplicaba por mil, y
caía exhausto de gusto. Como más me gustaba era gimiendo como una chica, e
imaginarme que lo que tenía dentro era un pene de verdad.
Al cumplir los dieciocho nos mudamos a cincuenta kilómetros del centro. Mis
padres trabajaban en la ciudad y mi hermana, dos años mayor que yo, se
pasaba casi toda la tarde con las amigas, así que después de las clases
tenía toda la casa y la tarde para mí. En esas circunstancias no tenía
nada que me impidiese llevar a cabo todas las fantasías que se me
ocurriesen. Así un día empecé por probarme la ropa interior que mi
hermana había echado a lavar. La erección fue casi inmediata, al momento
cogí una de sus barras de labios, me pinté la boca de cualquier manera y
me masturbé violentamente allí, delante del lavabo, mirándome al espejo.
A partir de ese día controlé con precisión milimétrica las entradas y
salidas de mi familia, con el fin de asegurarme toda la intimidad posible.
Pasé de la ropa sucia al armario de mi hermana y también al de mi madre,
que aunque me quedaba un poco más amplia, era mucho más sexy, sobre todo
su colección de ropa interior. Fue rebuscando entre su ropa que un día
encontré algo que me dio un subidón nada más verlo, un consolador. Todo
era perfecto en mi mundo secreto.
Cuando estaba a solas, empezaba tranquilamente eligiendo qué ropa ponerme,
me gustaba probar cada día una cosa diferente, una prendas me excitaban más
que otras, así que siempre volvía a ponerme las más sexys y femeninas.
Tangas, sujetadores con relleno, medias, vestiditos ajustados o tops con
faldita me ponían a cien. Para completar la escena me maquillaba lo mejor
que podía, aunque las primeras veces parecía un auténtico adefesio, así
que opté por solo barra de labios, sombra y rimmel. Me paseaba por la casa
mirando en los espejos y desde todos los ángulos, intentado caminar como
una chica y sentirme como tal. Escondía mi erección entre las piernas para
realzar un inexistente monte de venus, y acariciarme la zona como si tuviese
labios vaginales y clítoris. La cosa acababa inevitablemente en eyaculación
cabalgando el consolador de mi madre, sudando y gimiendo como una zorra
calenturienta.
Con el tiempo mi confianza en estar solo se incrementó hasta que hace un
par de meses tuve compañía. Aquel día había llegado muy tarde de la
excursión de fin de curso y me había acostado nada más llegar, así que
no me enteré de la visita que nos iban a hacer mi tío y mi tía al día
siguiente. Me levanté tarde, ya no había nadie más en casa, y hasta la
noche no volverían, un día perfecto para probarme todo el armario de mi
hermanita. Una semana y media de concentración me había impedido gozar de
mis vicios más secretos. Ya por la tarde me duché tranquilamente y me vestí
de nena. Ropa interior negra con transparencias, un sujetador que me
apretaba mis pechos, como estaba un poco gordito era realmente como si
tuviese pechos, eso me excitaba mucho más que rellenarme con exagerados
bultos. Un camiseta de licra de cuello de cisne y una faldita que me hacía
un trasero realmente apetecible. La guinda del pastel eran una medias negras
y los zapatos de fiesta de mi madre. Después de pintarme un poco y ponerme
una horrenda peluca de carnavales, aunque era mejor que nada, me fui a la
habitación de invitados a ver el resultado en el espejo. Impresionante, era
increíble como aquella ropa realzaba unas curvas que antes no existían,
pecho, nalgas, cintura, era como si hubiesen aparecido por arte de magia.
Ante aquella visión empecé a acariciarme entre las piernas, bajando
suavemente por mi falso sexo, rozándome la cara y los pechos, y sintiendo
una erección que empezaba a hacerse sitio entre mis muslos, al mismo tiempo
que se humedecía mi ano.
Empecé a hacer posturas cada vez más sexuales y provocativas, levantándome
la ropa e introduciéndome los dedos. Al darme la vuelta para verme de
perfil, y quedar frente a la puerta, lo que vi me dejó helado y temblando.
Era mi tío que llevada, supongo, un buen rato observándome con una sonrisa
de medio lado.
Mi tío era de esos hombres que se mantienen atractivos con el paso de los años,
alto, atlético y bien parecido. Por un instante pensé mil cosas, en salir
corriendo, gritar, desmayarme, y mil tonterías más.
--¡Vaya, vaya con Raulito!-dijo- así que te gustan los disfraces. La
verdad es que te sienta muy bien, pensé que eras una amiga de tu hermana.
Extrañamente aquello me tranquilizó un poquito, de algún modo no era el
rechazo ante algo repugnante que esperaba de mi tío.
Quise decir algo pero no fui capaz, estaba totalmente bloqueado. Mi tío había
entrado en la habitación con las maletas y me estaba observando desde más
cerca.
--Estás muy guapa-digo en un tono que no supe si era ironía o sinceridad.
Si hacía apenas un minuto me había quedado helado, al oir la voz de mi tía
que subía, mi sangre se coaguló literalmente en mi interior. El semblante
de mi tío cambió por completo y se puso en movimiento.
--Rápido en la cama--dijo arrastrándome hacia la enorme cama de invitados
cubierta por un edredón gigante de plumas. Era el único sitio para
esconderme, la habitación solo contaba con un sifonier y una barra para
colgar la ropa.
El también se metió en la cama conmigo para disimular el bulto y que mi tía
no desconfiase.
--Ponte más abajo,--me dijo en voz baja-- así se notará menos, y no te
muevas
Como nos metimos casi los dos a la vez en la cama el resultado fue que quedé
frente a él, a la altura de su cintura, y él, de espaldas a la puerta. Me
encogí todo lo que pude.
Al fin mi tía entró en la habitación.
--¿Qué estás, probando la cama?--preguntó con cierta extrañeza.
--No, este viaje me ha dejado más baldado de lo que pensaba.--contestó mi
tío--dormiré un poco hasta la cena.
--Pues yo me doy una ducha y me voy a la ciudad, que quiero hacer unas
compras.
Durante el interminable tiempo que estuvo cambiándose mi tía, y durante el
cual no podía salir de mi escondrijo, tuve que permanecer literalmente
pegado a mi tío. Y fue cuando empecé a perder los sentidos. Mi cara estaba
pegada a su vientre, podía oler su cuerpo, desde tan cerca era una mezcla a
sudor y genitales, sentía una creciente excitación. Mientras mi tío
hablaba con mi tía, bajó su mano hasta mi cabeza, acariciándola y apretándola
suavemente contra su cuerpo. A través del fino chándal que llevaba empecé
a notar algo duro que crecía, que crecía y no paraba de crecer. Dios mío,
aquello era enorme. Era la primera vez que tenía tan cerca y tan pegado la
verga de otro hombre, y encima en plena erección. Cerré los ojos y me dejé
llevar. Sus manos se paseaban por mi cara acariciándola, pasando suavemente
por mi barbilla y mis labios. No sabía qué hacer, pero al fin mi boca
correspondió entreabriéndose tímidamente y dejando que un dedo llegase
hasta los dientes, dudé un instante pero dejé paso hasta la lengua. Casi
instintivamente empecé a chuparlo, al principio sólo la yema y después
rodeándolo con los labios. Su otra mano había empezado a pasearse por mi
espalda, en la postura en la que estaba sólo me alcanzaba hasta le mitad,
pero intuía que sus intenciones eran mucho más atrevidas. Como no podía
bajar más pasó a mis aprisionados pechos, apretándolos y pellizcándolos.
Yo chupaba su dedo hasta donde me era posible.
La mano de la cabeza dejó de acariciarme y pasó delante de mi cara para
introducirse en su bragueta. No lo hará--pensé. Pero su mano no salió
sola. El perfume de antes se condensó en un aroma que me ahogaba de
lujuria. Su pene quedó pegado a mi cara, la abarcaba toda, era como estar
pegado a una barra caliente y palpitante. Como me quedé parado, la cogió y
empezó a frotarla por mi cara. Mi tía hacía tiempo que se había ido, así
que no se cortó en moverse lo suficiente para hacer que su glande se
paseara por mi boca a su antojo. Una cosa era chupar un dedo, pero con
aquella cosa estaba convencido de que me ahogaría. Forzando suavemente,
lubricado por mi saliva y su líquido seminal, se fue introduciendo en mi
boca y la barrera de mis dientes se abrió por segunda vez. La chupé tímidamente
al principio, para acabar llenándome la boca con su carne tiesa, sin
importarme ya lo que pudiese opinar de mí o que se lo contase a mis padres.
Mientras mamaba aquella polla como un desesperado, la mano que se paseaba
por mi espalda pedía más, así que me moví para que pudiese acceder a
partes más sensibles. Empezó acariciándome le trasero por encima de la
faldita, sopesando cada nalga y apretándolas firmemente, a continuación
subió la tela con los dedos y empezó a palpar la imberbe y turgente piel.
Separé un poco las piernas y alcé ligeramente el culito para ofrecer la
parte más intima, inmediatamente deslizó sus dedos por la raja, apartando
la tira del tanga y haciendo escala alrededor del ano. Las caricias me
estaban volviendo loco, me empezaba a sentir como una auténtica mujerzuela,
y eso me excitaba todavía más. Apretó uno de sus dedos contra el agujero
y luego lo retiró. Pensé que la cosa quedaría ahí, pero el dedo volvió
con la suficiente saliva para poder entrar fácilmente. Hasta ahora mis
entrañas solo habían conocido mis dedos, aparte de objetos inertes. El
dedo de mi tío era tan grande comparado con los míos que se me antojaron
los de un gorila. Gemí de placer y empecé a retorcerme de gusto. El dedo
entraba y salía, y yo no podía dejar de moverme. Mientras chupaba la polla
de mi tío todo lo adentro que podía, agarré su muñeca para que su dedo
entrase más profundamente en mi ano. Me sentía como una mujer y quería
ser su puta, nada me podía parar. Tomé la iniciativa ante su sorpresa de
incorporé para alcanzar con mi bocas sus labios. Era la primera vez que
besaba a un hombre, quería acariciar su cuerpo y juntarlo contra el mío
fuertemente. Abrí las piernas para ponerme a horcajadas. Él agarró su
polla y la dirigió hacia mi ano, me arqueé para que entrase dentro de mí.
Nunca me había metido algo tan gordo, como la verga todavía estaba húmeda
de la mamada, entró, auque me dolió y la saqué casi de inmediato. Nos
miramos y volví a bajar mi culo suavemente, volvió a entrar muy despacito,
y esta vez ya no sentía dolor. La notaba dura y caliente dentro de mí.
Empecé a moverme hacia arriba y hacia abajo, como haría una chica en plena
excitación. No sé cuanto duró aquella postura, pero al cabo de un rato mi
tío me apartó y me dio la vuelta. Boca abajo, agarrándome las muñecas
con fuerza, me la metió sin miramientos y empezó a follarme con fuerza.
Aquella forma de sentirme dominado y poseído me derritió por completo,
casi chillaba de placer. Su mano derecha bajó hasta mis bragas y empezó a
frotar mi aprisionada polla con movimientos circulares, como si fuese un
chocho de mujer, mi orgasmo estaba a punto de estallar cuando en un empujón
final paró y sentí una humedad creciente dentro de mí y que se escapaba
por el recto. Con un grito de loca me corrí en las braguitas mezclando mi
semen con el suyo.
Estuvimos así largos segundos hasta que la sacó y se fue a dar una ducha.
Durante los siguientes días que mis tío permanecieron en nuestra casa, no
volví a hablar del asunto con él. Trataba de cruzarme lo menos posible con
él, en el fondo sentía vergüenza, pero no había noche que no fantaseara
con los recuerdos de ese día y desease volver a sentirlo dentro de mí.
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